sábado, 30 de abril de 2011

Día de las Elecciones


Tal como me lo había prometido, el día de ayer me presenté a votar, pero lo hice en mi carácter de licántropo. No es que yo quisiera, pero fue inevitable. La realidad es que me sucedió. Toda la semana estuve pensando que debería acudir a las urnas y hacer efectivo ese derecho.


Al levantarme por la mañana, me sucedió como tantas otras veces e inesperadamente: dolor intenso en las falanges de mis dedos, como si se me fueran a romper los huesos. Mis pies rígidos. El crecimiento de mis manos, el alargamiento de mis brazos y ese doblez tan molesto que curvea hacia adentro mis rodillas, para quedar con una rotación invertida, y que estoy seguro es lo más doloroso del proceso; aunado a la metamorfosis de mi mándibula. No sé porque no puedo gritar cuando esto me sucede. es como si me desdoblara y se me voltearan todos los órganos como una bolsa de plástico al revés.


La gente atemorizada huyó despavorida y dejó la casilla vacía. Ya no era tan temprano y si no votaba, cerrarían las urnas y me quedaría sin votar. Así que tomé mi papeleta y la crucé toda, para anular mi voto.


Cuento (mas o menos corto) by Alberto Estúa Zardain.


ABRIL 2011


lunes, 4 de abril de 2011

Reflexión sobre "Estamos hasta la madre" de Javier Sicilia




Quiero dedicar este espacio a Juan Francisco Sicilia Ortega, a quien conocí y quien era un chavo íntegro, apegado a su familia y que amaba a sus abuelos, a sus padres, a su hermana y a sus primos. Dedicar una reflexión a todo lo que ha dicho Javier Sicilia, su padre, en medio del dolor de perder un hijo y a todos los que lloramos la pérdida de un país. En donde aveces ya no aspiramos a la paz, sino a que los delincuentes reconsideren y reflexionan para cambiar sus códigos. En donde a los políticos se les tiene que pedir que también que reflexionen y hagan su trabajo. Es ridículo, pedirle a alguien que tiene un trabajo, que trabaje. Esa es su obligación. Decía Javier Sicilia que cuando una persona está presente no se habla de ella, porque ahi está. Se habla de ella cuando no está. Si estamos hablando de ética y pidiendo honestidad y todas esas cosas, es porque no las tenemos a la vista. Es por la gran ausencia de ellas. Ahora yo no puedo más que reflexionar y tomar prestadas las palabras de Javier para decir lo que que quiero. Al final para eso son los poetas. Uno echa mano de ellos cuando los sentimientos son comunes. Ellos nos prestan sus palabras. Por eso hoy reproduzco su texto "Estamos hasta la madre", porque de verdad lo estamos. Porque lo necesitamos. Porque estamos obligados a sumarnos y a exigir que los gobernantes reflexionen y piensen en representarnos y porque estamos en las calles y los hijos de mucha gente están en las calles.
Por si les sirve de algo, por si quieren reflexionar y por si quieren sumarse a la marcha del miércoles 6 de abril a las 5:00 de la tarde: Una marcha sale de la Paloma de la Paz en Cuernavaca, Morelos; y la otra sale de Bellas Artes al Zócalo, en México, DF.

Alberto Estúa Zardain

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Estamos hasta la madre... (Carta abierta a los políticos y a los criminales)
Javier Sicilia 4 de abril 2011

El brutal asesinato de mi hijo Juan Francisco, de Julio César Romero Jaime, de Luis Antonio Romero Jaime y de Gabriel Anejo Escalera, se suma a los de tantos otros muchachos y muchachas que han sido igualmente asesinados a lo largo y ancho del país a causa no sólo de la guerra desatada por el gobierno de Calderón contra el crimen organizado, sino del pudrimiento del corazón que se ha apoderado de la mal llamada clase política y de la clase criminal, que ha roto sus códigos de honor.

No quiero, en esta carta, hablarles de las virtudes de mi hijo, que eran inmensas, ni de las de los otros muchachos que vi florecer a su lado, estudiando, jugando, amando, creciendo, para servir, como tantos otros muchachos, a este país que ustedes han desgarrado. Hablar de ello no serviría más que para conmover lo que ya de por sí conmueve el corazón de la ciudadanía hasta la indignación. No quiero tampoco hablar del dolor de mi familia y de la familia de cada uno de los muchachos destruidos. Para ese dolor no hay palabras –sólo la poesía puede acercarse un poco a él, y ustedes no saben de poesía–. Lo que hoy quiero decirles desde esas vidas mutiladas, desde ese dolor que carece de nombre porque es fruto de lo que no pertenece a la naturaleza –la muerte de un hijo es siempre antinatural y por ello carece de nombre: entonces no se es huérfano ni viudo, se es simple y dolorosamente nada–, desde esas vidas mutiladas, repito, desde ese sufrimiento, desde la indignación que esas muertes han provocado, es simplemente que estamos hasta la madre.

Estamos hasta la madre de ustedes, políticos –y cuando digo políticos no me refiero a ninguno en particular, sino a una buena parte de ustedes, incluyendo a quienes componen los partidos–, porque en sus luchas por el poder han desgarrado el tejido de la nación, porque en medio de esta guerra mal planteada, mal hecha, mal dirigida, de esta guerra que ha puesto al país en estado de emergencia, han sido incapaces –a causa de sus mezquindades, de sus pugnas, de su miserable grilla, de su lucha por el poder– de crear los consensos que la nación necesita para encontrar la unidad sin la cual este país no tendrá salida; estamos hasta la madre, porque la corrupción de las instituciones judiciales genera la complicidad con el crimen y la impunidad para cometerlo; porque, en medio de esa corrupción que muestra el fracaso del Estado, cada ciudadano de este país ha sido reducido a lo que el filósofo Giorgio Agamben llamó, con palabra griega, zoe: la vida no protegida, la vida de un animal, de un ser que puede ser violentado, secuestrado, vejado y asesinado impunemente; estamos hasta la madre porque sólo tienen imaginación para la violencia, para las armas, para el insulto y, con ello, un profundo desprecio por la educación, la cultura y las oportunidades de trabajo honrado y bueno, que es lo que hace a las buenas naciones; estamos hasta la madre porque esa corta imaginación está permitiendo que nuestros muchachos, nuestros hijos, no sólo sean asesinados sino, después, criminalizados, vueltos falsamente culpables para satisfacer el ánimo de esa imaginación; estamos hasta la madre porque otra parte de nuestros muchachos, a causa de la ausencia de un buen plan de gobierno, no tienen oportunidades para educarse, para encontrar un trabajo digno y, arrojados a las periferias, son posibles reclutas para el crimen organizado y la violencia; estamos hasta la madre porque a causa de todo ello la ciudadanía ha perdido confianza en sus gobernantes, en sus policías, en su Ejército, y tiene miedo y dolor; estamos hasta la madre porque lo único que les importa, además de un poder impotente que sólo sirve para administrar la desgracia, es el dinero, el fomento de la competencia, de su pinche “competitividad” y del consumo desmesurado, que son otros nombres de la violencia.

De ustedes, criminales, estamos hasta la madre, de su violencia, de su pérdida de honorabilidad, de su crueldad, de su sinsentido.

Antiguamente ustedes tenían códigos de honor. No eran tan crueles en sus ajustes de cuentas y no tocaban ni a los ciudadanos ni a sus familias. Ahora ya no distinguen. Su violencia ya no puede ser nombrada porque ni siquiera, como el dolor y el sufrimiento que provocan, tiene un nombre y un sentido. Han perdido incluso la dignidad para matar. Se han vuelto cobardes como los miserables Sonderkommandos nazis que asesinaban sin ningún sentido de lo humano a niños, muchachos, muchachas, mujeres, hombres y ancianos, es decir, inocentes. Estamos hasta la madre porque su violencia se ha vuelto infrahumana, no animal –los animales no hacen lo que ustedes hacen–, sino subhumana, demoniaca, imbécil. Estamos hasta la madre porque en su afán de poder y de enriquecimiento humillan a nuestros hijos y los destrozan y producen miedo y espanto.

Ustedes, “señores” políticos, y ustedes, “señores” criminales –lo entrecomillo porque ese epíteto se otorga sólo a la gente honorable–, están con sus omisiones, sus pleitos y sus actos envileciendo a la nación. La muerte de mi hijo Juan Francisco ha levantado la solidaridad y el grito de indignación –que mi familia y yo agradecemos desde el fondo de nuestros corazones– de la ciudadanía y de los medios. Esa indignación vuelve de nuevo a poner ante nuestros oídos esa acertadísima frase que Martí dirigió a los gobernantes: “Si no pueden, renuncien”. Al volverla a poner ante nuestros oídos –después de los miles de cadáveres anónimos y no anónimos que llevamos a nuestras espaldas, es decir, de tantos inocentes asesinados y envilecidos–, esa frase debe ir acompañada de grandes movilizaciones ciudadanas que los obliguen, en estos momentos de emergencia nacional, a unirse para crear una agenda que unifique a la nación y cree un estado de gobernabilidad real. Las redes ciudadanas de Morelos están convocando a una marcha nacional el miércoles 6 de abril que saldrá a las 5:00 PM del monumento de la Paloma de la Paz para llegar hasta el Palacio de Gobierno, exigiendo justicia y paz. Si los ciudadanos no nos unimos a ella y la reproducimos constantemente en todas las ciudades, en todos los municipios o delegaciones del país, si no somos capaces de eso para obligarlos a ustedes, “señores” políticos, a gobernar con justicia y dignidad, y a ustedes, “señores” criminales, a retornar a sus códigos de honor y a limitar su salvajismo, la espiral de violencia que han generando nos llevará a un camino de horror sin retorno. Si ustedes, “señores” políticos, no gobiernan bien y no toman en serio que vivimos un estado de emergencia nacional que requiere su unidad, y ustedes, “señores” criminales, no limitan sus acciones, terminarán por triunfar y tener el poder, pero gobernarán o reinarán sobre un montón de osarios y de seres amedrentados y destruidos en su alma. Un sueño que ninguno de nosotros les envidia.

No hay vida, escribía Albert Camus, sin persuasión y sin paz, y la historia del México de hoy sólo conoce la intimidación, el sufrimiento, la desconfianza y el temor de que un día otro hijo o hija de alguna otra familia sea envilecido y masacrado, sólo conoce que lo que ustedes nos piden es que la muerte, como ya está sucediendo hoy, se convierta en un asunto de estadística y de administración al que todos debemos acostumbrarnos.

Porque no queremos eso, el próximo miércoles saldremos a la calle; porque no queremos un muchacho más, un hijo nuestro, asesinado, las redes ciudadanas de Morelos están convocando a una unidad nacional ciudadana que debemos mantener viva para romper el miedo y el aislamiento que la incapacidad de ustedes, “señores” políticos, y la crueldad de ustedes, “señores” criminales, nos quieren meter en el cuerpo y en el alma.

Recuerdo, en este sentido, unos versos de Bertolt Brecht cuando el horror del nazismo, es decir, el horror de la instalación del crimen en la vida cotidiana de una nación, se anunciaba: “Un día vinieron por los negros y no dije nada; otro día vinieron por los judíos y no dije nada; un día llegaron por mí (o por un hijo mío) y no tuve nada que decir”. Hoy, después de tantos crímenes soportados, cuando el cuerpo destrozado de mi hijo y de sus amigos ha hecho movilizarse de nuevo a la ciudadanía y a los medios, debemos hablar con nuestros cuerpos, con nuestro caminar, con nuestro grito de indignación para que los versos de Brecht no se hagan una realidad en nuestro país.

Además opino que hay que devolverle la dignidad a esta nación.


martes, 25 de mayo de 2010

“Chicogrande”, la Película de Felipe Cazals políticamente correcta en México e incorrecta en EU.

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Por Alberto Estúa Zardain. Mayo 25, 2010. El día de ayer fue presentada la película de Felipe Cazals “Chicogrande”, que es la primera de la secuencia que habrá del Bicentenario de la Independencia  de México y del Centenario de la Revolución Mexicana. Fue una premiere con una alfombra roja muy a la mexicana. Como es el cine en nuestro país: En chico, y sin ninguna pretención. En una palabra: honesto.

Desfilaron nuestras figuras mexicanas, desfilaron los actores de la película y todavía no he visto ninguna nota sobre la premiere. Me senté en mi cómodo sillón para ver la película Chicogrande. La película es impecable e indiscutible a nivel guión, dirección, ambientación y actuación. No se la vayan a perder.

Impecable el trabajo de Damian Alcazar, Juan Manuel Bernal y sorprende Daniel Martínez, lo bien dirigido que está como un oficial gringo anti-villista y anti-mexicano.

Es la historia de una intervención que hicieron los Americanos a México en 1916, después de la invasión villísta a Columbus. En una intento por cobrar venganza y  (se abren comillas gigantes) “ayudar” (se cierran comillas gigantes) al Gobierno de Carranza a capturar a Villa , y se enfrentan los ejercitos de Estados Unidos, y el Carrancista contra los villistas. En una intervención en las que aún necesitándolos, los gringos no son bienvenidos.

Es la historia de uno de los mandos medios del General Villa, “Choicogrande,”   tiene que buscar un doctor para el General, en un momento en que el Ejercito Americano está cerca de  encontrarlo.

Pero más alla de una historia de la revolución es una recreación de lo que ha sido nuestra historia con Estados Unidos. Esa historia de desencuentros y desencantos. Amor- odio en cada episodio, y  que para nosotros es gigante y para ellos apenas llena algunos editoriales. Como lo fue la reciente vista de Calderón a EU. Lo dicho; Encuentros sin coincidencias

La película apareced un momento clave y viene muy a cuento con lo que pasa con Arizona. Una actitud anti-mexicanista, racista, de odio a los mexicanos y el mexicano tratando de defenderse .

En la película las voces hablan cada uno desde su perspectiva. Un general americano que se ensaña con los mexicanos para obtener información sobre el paradero de Villa y se ensaña hasta con las putas del pueblo. Porque las putas también le dan una lección al General . Claro, a las putas les va peor por meterse con la autoridad.

Lo triste es que la historia no ha cambiado nada desde entonces. Esto nos pasa por ser vecino de Estados Unidos, Por ser, como dijo Zinzer alguna vez, “el patio trasero”. Ellos dicen que no es verdad (Es polítacmente incorrecto decirlo) pero así es.

Chicogrande no les va  a gustar a los americanos porque es una película políticamente incorrecta. No se la pierdan y saquen sus propias conclusiones.

viernes, 30 de abril de 2010

Los no elegidos


Unchosen

Una investigación de judíos hasídicos

Reporte de Alberto Estúa Zardain



Hella At Agudah Protest Pic







Unchosen es un libro de la investigadora Hella Winston, quien se interesó en diversas historias de judíos hasidicos y realizó una serie de entrevistas y una profunda investigación para su tesis doctoral en sociología. En este libro relata diversas historias de hasidicos rebeldes y lo que implica revelarse al sistema de una comunidad que funciona como un reloj y que tiene prevista la permanencia de sus miembros. No hay escapatoria fácil.

Relata varias historias, pero la que más llama la atención es la historia de Yosi.

Este texto sólo pretende ser un reporte de esta investigación que me impresionó y conmovió al visitar la comunidad de Williamsburg, en Broklyn y mi principal inquietud es que se conozca este grupo y sus particularidades.


Yosi es un judío hasidico que se casa muy jóven con una mujer de su comunidad,  con la ilusión de, como todo los judíos hasidicos, librarse un poco de la presión de sus padres y vivir de acuerdo con los preceptos que establece la comunidad, pero con algunas normas que a escondidas de los hijos se pueden relajar.

Vale la pena hablar de las costumbres de  los judíos hasidicos y de algunas de las normas que se establecen para los que se casan:

Deben de llegar vírgenes al matrimonio. Duarte toda su niñez y adolescencia, los niños van a escuelas de sólo de hombres (las niñas a escuelas de mujeres). No conviven nunca con el sexo opuesto, pues todas las actividades familiares, sociales y religiosas se realizan por separado hombres y mujeres. Las fiestas, en el templo, en la escuale, siempre estarán separados, por lo que sus habilidades con el sexo opuesto no están nada desarrolladas cuando llegan al matrimonio.  Los hombres son instruidos sólo en asuntos que tienen que ver con la religión y el estudio de la misma. Son doctos en todos esos temas. Además estudian yidish y toda su vida es en ese idioma. No estudian matemáticas, ni historia de EU. En la escuela nunca reciben ningún tipo de instrucción sexual. 

Los padres de los jovenes hablan con una casamentera que es quien tiene información de todas las familias de la comunidad y se encarga de establecer un “match”, es decir, que trabaja una unión que beneficie a ambas familias; que una a dos jóvenes afines y que se preserve a través de la procreación de muchos hijos, la comunidad y la fortalezca.

Los jóvenes, muy poco antes de casarse reciben un entrenamiento básico sobre lo que es el acto sexual. De ahora en adelante se tendrán que acostumbrar a dormir en una habitación con dos camas gemelas. En caso de que el hombre quiera tener sexo con su mujer, pondrá una sabana de un color especial y eso le informará a su esposa que él está de humor para el sexo. Por supuesto, tendrán sexo kosher con la sábana perforada que se utiliza para la ocasión.

La televisión sigue prohibida siempre, lo mismo que la radio. Sólo pueden leer libros de religión o autorizados. Las novelas, los periódicos, las revistas y el cine están prohibidos.

La mujer se rapa la cabellera y se la ofrece al marido. En cambio comprará una peluca y la utilizará todo el tiempo. Si sale a la calle tendrá que ir con la peluca y la cabeza cubierta.

Estas son sólo algunas de las convenciones entre los casados.

A Yosi le armaron un “match” y conoció a su futura mujer tan sólo unos días antes de su boda.  Él esperaba que fuera una mujer como él, un poco relajada con la religión aunque siguiera todos los preceptos. En muchos de los judíos hasidicos se hacen acuerdo entre los nuevos esposos de escaparse en secreto a a Manhatan al cine y no contárselo a sus hijos ni a nadie. EL caso de su mujer no fue así. No había entendimiento y Yosi se mantenía totalmente ausente. Llegaba muy tarde, se iba con amigos. Las cosas empeoraron y su mujer lo dejó cuando Yosi decidió comprar una televisión. Ahora Yosi sería un hombre divorciado con menos posibilidades de contraer un matrimonio adecuado. Sólo habrìa para él divorciadas o mujeres mayores que por alguna situación familiar no pudieron contraer matrimonio jóvenes. 

Yosi había hecho contacto con un grupo de judíos seculares que tenían algún conocimiento del idioma yidish y al conocer a un judío hasidico como Yosi, se les despertó curiosidad. Yosi tradujo algunas cartas antiguas del abuelo de alguno de estas personas yasí fue como lo invitaron a la fiesta, para que el grupo completo lo conociera. Querían que Yosi les hablara sobre su comunidad y sus exéntricas costumbres. 

Yosi fue invitado a una reunión de este grupo y decidió ir a Manhatan. 

Estaba harto de su comunidad, de las restricciones, y de la reduccionista monotemática de su grupo social y religioso, así que decidió ir a la fiesta. Para ello se rasuró la barba y los peyos (los caireles que usan estos judíos por obligación).

Se presentó a la fiesta con la fantasía de que alguno de ellos lo ayudaría a dejar su comunidad y buscarle un trabajo. Pero Yosi no sabía hacer nada más que dar clases de religión. Nunca había trabajado en nada, más que en una tienda de electrónicos de un familiar de su ex esposa. Sólo pasaba las tarjetas de crédito de los clientes sin tener contacto con ellos. Al terminar el matrimonio, se terminó también el trabajo. No hablaba bien el ingles, así que las posibilidades de un  trabajo no eran muy alentadoras, pero él no lo sabía. Pensaba que lo ayudarían. Cuando Yosi se presentó en la fiesta rasurado, sin la barba y sin los peyos, casi ni lo reconocieron y ya no lo encontraron tan atractivo, como antes.   Aún así se interesaron al que les hablara en yidish y les hablara de su comunidad. Le pidieron que algún día los llevara a Williansburg y se despidieron de él. Yosi regresó a su comunidad de noche con temor a ser visto. Al llegar a su casa y encontrarse con su hermana, esta se impactó y lloró al verlo rasurado y sin los peyos. Pensó que esto lo hacía un rebelde, un renegado. Por esta acción ella no se haría acredora a un buen partido y no sería elegida por ninguna casamentera para un "mmatch". Yosí pensó que podría permanecer una semana en casa mientras los peyos y la barba crecerían hasta lograr su largo anterior. Como nunca se había rasurado pensó que al cabo de de una semana lo lograría. Esto no fue así. Una semana después la barba apenas había crecido para darle un color oscuro a la cara, pero no medía ni un centímetro de largo y los peyos ni siquiera se dibujaban.

El padre de Yosi le llamó y lo reprendió. Nadie le hablaba ya y al verlo en la calle con su nuevo aspecto era un rebelde que causaba repugnancia. Ya nadie le hablaba.

Estaba triste y perdido.

A través de Internet contactó a un hombre que era un judío hasidico que organizaba fiestas en su casa, Avi era su nombre. En su casa veían películas y se reunían de alguna manera clandestina, otros judíos hasidicos, que no deseaban abandonar la comunidad, pero que cuando necesitaban un momento de descanso, recurrían a estas reuniones y se relajaban por un rato.

Yosi acudió y se sintió liberado. 

Yosi consiguió un trabajo que consiguió con una familia de judíos seculares, para que les eneseñara a los chicos de una casa, religión y yidish. Esta familia veía en Yosi a un judío muy ortodoxo (aún cuando ya no tuviera peyos ni barba) para que fuera un ejemplo y un buen maestro para sus hijos. Ya que su comunidad lo rechazaba, este trabajo le resolvería al menos las necesidades básicas.

Yosi vivía con su abuela, que era una judía que había nacido en una comunidad muy diferente

Los judíos que llegaron a Nueva York con la segunda guerra, llegaron como ortodoxos, pero al cabo de unos años fueron relajando las reglas y las costumbres. Tuvieron hijos y fueron estos hijos que quisieron volver s u identidad judía, haciéndose muy rígidos y ortodoxos y tomaron las costumbres de los judíos hasidicos del este de europa. Así es como se fundaron las comunidades de Williamsburg y de Boro Park. Tomaron las costumbres y las normas de estos judíos, con una reinterpretación del Talmud, con normas mucho más estrictas y rígidas. La abuela de Yosi había sido muy relajada y educó a sus hijos en el judaísmo secular. Yosi recuerda de niño que podía ver la tele en casa de su abuela a escondidas de su padres. Cuando sus padres lo llevaban a ver a su abuela, ellos debían de llevar su comida, pues la abuela no comía comida kosher. 

 Yosi vivía con su abuela ahora. Ella le dejaba ver toda la tele que él quisiera y le daba algo de dinero para sus transportes. 

Yosi  acudía las fiestas de Avi y conocía más gente, pero eran judíos que no podían dejar su comunidad. De ella recibían sustento, les daban trabajo y todo lo que necesitaran para ellos y su familia. Estos judíos abducidos por el sistema, en donde no pueden trabajar, la comunidad les paga sus gastos y con muchos hijos que mantener y colocar con buenos partidos. Yosi se dio cuenta que no sería nada fácil dejar su comunidad

Yosi no tenía la más mínima intención de volver su comunidad, pero no podía por el momento hacer nada y como los conocidos en la fiesta de Avi, no tuvo más remedio que seguir fingiendo


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CONTINUARÁ

viernes, 14 de noviembre de 2008

El Elefante Rosa (en la sala)



Hay cosas en nuestra casa y en nuestra vida que se convierten en parte del paisaje con el tiempo. Se asientan en el inventario general y entonces nos acostumbramos a ellas por muy complicadas, y disfuncionales que estas situaciones parezcan. Con el tiempo las dejamos de ver con un elemento de dolor y nuestro espíritu se anestesia y bloquea la verdadera situación. El tiempo también se encarga de cobrar esa ceguera involuntaria al hecho cuando nos enfrentamos a él y no hay olvido que valga. Así se levantó Joel esa mañana. Con una emoción totalmente adormecida y todos los años que arrastran esa no visión. Con el corazón casi congelado y con la mayor indiferencia entró a la sala con todo el día encima.

Llevaba ya muchos días retrasando cada vez más su hora de llegada a casa para no encontrarse con su madre alcoholizada. Por esos días Eugenia pasaba por una de esas rachas que le daba por tomar durante días; empezando desde la mañana con un jugo de naranja con vodka, para no oler tanto. A veces salía a la calle, pero más bien prefería tomar en el departamento. Durante esas rachas había algunos días en los que no se bañaba y apenas comía lo que encontrara en el refrigerador o en la despensa. Siempre eran cosas como atún con galletas, papas fritas, aceitunas y todo lo que sonara a botana, como si fuera una fiesta, pero sin el espíritu alegre.

Eugenia había heredado un departamento en un edificio antiguo de una tía que había muerto recientemente. El departamento tenía techos altos, duela, cenefas y candiles. Joel y Eugenia se instalaron en él dejando prácticamente todo como estaba. Los cuadros y las fotos de la tía con su esposo el día de su boda, los muebles viejos con la tapicería luida y desteñida, los libreros llenos de novelas pasadas de moda y polvorientas con el papel amarillento. Todo permanecía igual que como lo recordaba Eugenia de niña cuando visitaba este departamento, cincuenta años atrás. Todo permanecía igual, aunque más sucio, pues no se preocupaba mucho por esas cosas de la limpieza. El departamento tenía un olor a madera vieja y agria; a tapetes polvorientos, a encerrado y a humedad. Este barrio, que ochenta años atrás había sido muy lujoso y moderno, ahora tenía casas que podían estar o muy cuidadas o muy destruidas. Calles que tenían árboles enormes y gente de todo tipo; pero predominaban los viejos, que habían comprado desde entonces o bien habían heredado, igual que Eugenia. El cambio de casa le pareció una buena idea, pues sería como iniciar una nueva vida. Ya casi no frecuentaba a sus viejas amistades. Muchas de ellas le habían dejado de hablar y un cambio de aire les caería muy bien. Sobretodo a ella. Además pensaba que haría amistades con facilidad. Así que dejó su casa en una colonia baja y muy popular, para cambiarse a este barrio que era mucho más céntrico.

Eugenia era agradable de trato. Al mirarla se podía ver que había sido una mujer hermosa, a pesar de verse tan acabada a sus sesenta años. Tenía un aspecto algo descuidado. El pelo mal pintado lo llevaba mitad canas y mitad amarillo, pues el tinte que alguna vez había sido rubio, se había esfumado, tal como sus buenos años de diversión. Se podía ver que lo había pasado muy bien, pues sus ojos azules conservaban una mirada traviesa y una sonrisa adolescente. Platicaba con la gente con una voz muy ronca y profunda. No se sabía exactamente si era por fumar tanto, si se había desvelado la noche anterior o simplemente así era su voz. Siempre sostenía su cigarro con sus dedos largos y sus uñas un poco amarillentas sin esmalte; echaba la cabeza para atrás para sacar el humo y hablaba de cualquier cosa. Era como si estuviera en una fiesta o en un bar. A veces dejaba escapar una sonora carcajada ronca, profunda y enseñaba sus dientes. En ese momento se veía que le faltaba uno, pero como no era del frente, sino uno de los lados, no se notaba tanto, hasta que ella sonreía. Por lo general estas actitudes eran a las doce del día cuando estaba en la tlapalería, o en la cerrajería o en la tienda de abarrotes. A la gente del barrio le hacía gracia la nueva. Por el vecindario hacia todo tipo de amistades y platicaba con todo el mundo a la hora de más ajetreo en la calle, cuando todas las mujeres salían al mandado y a la tintorería. En la tienda cuando iba a comprar el pan y se fumaba un cigarro con alguna señora afuera de la panadería y hablaba de cualquier cosa. Se ganaba su confianza y les daba consejos de cómo ser con los hijos, con el marido para que aflojara más gasto. Ella, que había estado casada dos veces, se sentía con mucha autoridad para poder dar opiniones en cuestiones maritales y les decía “yo por ejemplo, con mi primer marido esto. Yo con mi segundo marido, lo otro”. Enseguida se abría con la gente y si ya ese día traía sus copitas encima, pues la platica se le daba más fácil. Les hacía confesiones un poco íntimas, a lo que las otras respondían con otra confesión y así se establecía la dinámica.

Se había hecho cercana de Rodolfo, un señor de unos sesenta y cinco años, viudo que se había mudado a una cuadra de su casa. Se lo encontraba en el parque paseando a su perro, en el súper, en el puesto de periódicos y por supuesto, en la vinatería. Cuando se encontraban como a la una de la tarde por algún quehacer doméstico, se saludaban con un efusivo y largo “Hola, ¿qué hay?” y como que no queriendo la cosa, acordaban ir al bar que estaba cerca. Entraban como dos chicos que estaban haciendo algo prohibido con sus bolsas de súper y la ropa limpia y embolsada de la tintorería y se sentaban en las pequeñas mesas del bar. Ponían sus bultos a un lado y ordenaban un aperitivo ya que era lo mejor para antes de la comida. Comida que nunca llegaba, pues terminaban a las siete de la noche después de haber bebido y discutido vehementemente cosas que ya ni se acordaban. Empezaban con un tema y opinaban sobre él o bromeaban y reían mucho. El otro día empezaron a discutir sobre la monarquía actual y si ésta era viable y de qué le servía a la gente y terminaron hablando de los animales en cautiverio. Los dos empleados del bar tenían que arreglárselas para repartirse el trabajo y llevar a cada uno a su casa, desarrollando una estrategia para lograr la manera podrían urdir un plan para depositar a cada uno en el interior de sus respectivos departamentos. Tarea nada fácil ya que tenían que buscar las llaves de cada uno y entrar para dejarlos en el primer sillón que encontraran disponible, poniendo a un lado sus bolsas de mandado y la ropa de la tintorería. Ya estaban un poco cansados de esa costumbre, pues ni Eugenia ni Rodolfo remuneraban este esfuerzo extra que no estaba dentro de sus funciones. Tan frecuente fue esta escena que un tiempo después a Rodolfo se lo llevaron sus hijos a una casa en donde “conviviría con más personas de su edad”, en donde le organizarían actividades, le prepararían la comida y de alguna otra forma controlarían sus salidas y a ver si de paso la bebida. Eugenia ya no lo volvió a ver.

Después de unos meses las cosas habían cambiado un poco en el barrio para Eugenia. Ya no era la novedad. Al no estar Rodolfo, Eugenia buscaba compañía de alguien con quien poder tomar sus aperitivos al bar, o que la invitaran a su casa. En una ocasión Rosa, una señora de un edificio de a la vuelta la invito a pasar. Cuando le ofreció algo, Eugenia pidió un jerez a las dos de la tarde y así siguió uno tras otro y no se quería ir. Llegaron los hijos de Rosa a comer y Eugenia ya estaba por el noveno jerez. Rosa la llevó a su casa con ayuda de su hijo de catorce años y no le volvió a hablar. Ya no había más confesiones que hacerle a la gente y todos ya la conocían. Cuando se la topaban, fingían que llevaban prisa para no detenerse a saludar. Ya no era tan atractivo salir toda la mañana para toparse con gente que la juzgaría. Mejor permanecer en su casa con sus gatos. Ahí tenía todo lo que necesitaba.

Ese día, cuando Joel llegó a casa, al abrir la puerta del departamento estaba casi oscuro. Escuchó la tele prendida. El resplandor azuloso de la pantalla apenas iluminaba la habitación. El olor a cigarro mezclado con la humedad de las alfombras, el polvo del departamento y el encierro. Ahí estaba su madre dormida ya. Borracha y desparramada en el sillón, con el olor de los viejos que tienen aliento a sarro, a su sudor, que nunca es igual que el sudor de los jóvenes. Ni cuando son limpios los viejos huelen igual que los jóvenes. También olía a alcohol y las colillas frías agriaban más el ambiente cargado por la densidad de la energía de la vieja por toda la casa. Joel recogió el vaso y la botella de vodka de la alfombra. Llevó las botellas vacías y olorosas a la cocina y las tiró en el bote de basura. Tiro cada una de las botellas y éstas hicieron el ruido infernal del vidrio estrellándose entre sí. El estruendo no la despertó. Cada rincón del departamento contaba una historia de todo lo que había hecho su madre en el día. En la cocina estaban las ollas con la comida. En la barra un plato grande sucio. La sala había sido el centro de todo. Ahí estaba el cenicero lleno de colillas, los paquetes de cigarros, muchos de ellos vacíos, una revista, un empaque de galletas saladas abierto. Un plato más, con restos de gelatina roja seca. En la mesa del comedor había una canasta de costura y una camisa. En el sillón donde ahora yacía dormida, roncando, una libreta de taquigrafía con unos teléfonos y un lápiz. En ese sillón tumbada, su cara de frente al respaldo. No se le podía ver, sólo se veía el pelo cano largo, con las puntas maltratadas y se notaba que hacía meses no se lo cortaba. El pelo estaba mal amarrado, enmarañado y despeinado. De pronto esa imagen parecía la de una anciana de noventa años. Eugenia no se percataría ni siquiera que Joel había llegado por la noche y que habría vuelto a salir por la mañana siguiente y se sentiría culpable de haber bebido y de no haberlo visto, como tantas otras veces. Como cuando niño, que se quedaba sin ir a la escuela porque ella no se podía levantar a llevarlo. Ni a darle de desayunar. Así sería ahora otra vez. Sin sorpresa y sin decepción, Joel se fue a su habitación en silencio y dejo la tele como estaba, con el volumen bajo. El paquete de galletas, los platos, la costura. Todo lo dejó tal cual y se sintió como un intruso en la casa de una desconocida; como si fuera alguien que invade un espacio muy personal. Le pareció un sueño. Se percató que en la tele encendida, con un volumen bajo, se transmitía una película antigua, en blanco y negro. El cuarto en oscuridad y él allanado la propiedad privada. Entrando en silencio para no despertar al habitante; aquella mujer extraña. Un sueño extraño y doloroso, pero tantas veces soñado antes. Cerró la puerta de su habitación y se desvistió en silencio y recapituló el día empezando por esta escena. Vio su día y cayó en cuenta que no había pasado nada extraordinario. Si le contaba a alguien esta escena sobre su madre, para todos esa sería lo extraordinario del día. Para él no lo era. Se acostó y siguió pensando en querer huir a algún otro lado en donde pudiera estar mejor. Apagó la luz y se quedó dormido.

Soñó muchas cosas. Con maletas, con estaciones de trenes. Con amigos y algunas caras conocidas en una fiesta. Soñó que se resbalaba y empezó a caer y se sobresaltó y despertó. Con un suspiro profundo se dio cuenta que ya había amanecido y era la hora de levantarse. Abrió la puerta de su habitación y miró como la luz de la mañana iluminaba la sala. Eugenia no se movió. “Seguro que habría bebido más de lo usual esta vez”, pensó. Pero así era, cada vez bebía más y más seguido. La tele seguía prendida y el olor a agrio permanecía y prevalecía de todos los demás olores del departamento. Le pareció que se movía un poco con el ruido de la puerta. Joel se quedó mirándola. Nada había cambiado durante la noche. Eugenia se había quedado dormida vestida. Se veía muy vieja.

Joel tomó su saco y salió de la habitación para volver a la rutina de la semana. El trabajo, la hora de la comida, el regreso, los papeles habituales y la salida. todo para volver a casa igual que siempre, para comprar algo de pan en la panadería para cenar. Tal vez hoy Eugenia no estaría bebida, y podrían platicar de algo. Tal vez el cenaría solo, en silencio, mientras Eugenia miraría la tele sobria por única vez en la semana y fumaría y reiría de lo que mira en la pantalla. Al día siguiente volvería a una nueva racha de cuatro o cinco o veinte días. Y así eternamente.

Así llegó Joel a casa después del trabajo, esperando ver lo que el azar le depararía. Sobria o ebria. Dormida o despierta o tal vez no estaría. Abrió la puerta en silencio, sigiloso sin saber que encontraría. Esperando siempre esa sorpresa de las infinitas posibilidades que su madre guardaba. Sin saber cuál sería la caracterización de esta mujer esa noche. Recordó entonces su niñez, cuando jugaban juntos y después como se enojaba. O cuando lo tenía bajo una mirada crítica, inquisitiva, exigente y lo acosaba y le exigía silencio. Que se comportara, que no dijera tonterías. Otros días casi ni lo miraba, era laxa, flexible, comprensiva, pero nunca muy paciente. Se iba a la calle todo el día, mientras él pasaba horas a veces sin comer, extrañándola. Cuando Eugenia llegaba, Joel la recibía en silencio, siempre esperando la sorpresa de sus exabruptos. La miraba y no le era fácil predecirla, Si lo miraba, él se quedaba quieto a esperar. Si sonreía, Joel sabía que podía acercársele. Si no, tendría que pensar en otra cosa o alejarse para no irritarla. Aprendió la cautela. Aún cuando sonreía tenía que seguir observando para ver si esa sonrisa era de ironía y vendría el reclamo, porque no había hecho la tarea o no había recogido la casa, un plato un juguete. O tal vez esa sonrisa era de culpa por llegar tarde y en cualquier estado inconveniente. O sólo sería una sonrisa y ya. Eugenia se acostaría a dormir para al día siguiente no recordar nada.

Joel abrió la puerta. El departamento oscuro, con el resplandor azuloso de la tele una vez más, con ese olor de ayer y de todos los días de los cuartos sin ventilar. Cargado el ambiente. Agrio, más concentrado. Su madre en el sillón tirada con el pelo enmarañado y sucio, con la misma ropa de ayer y de en la mañana, en la misma posición, con todos los elementos del cuadro, los platos, la costura, el block, los vasos. igual que ayer. Joel se quedó parado mirándola en silencio, sin moverse él; sin moverse ella. Así permaneció por un momento. Sólo se oía las voces de la tele. Un programa de concurso. Aplausos. Una entrevista a una rubia. Joel siguió parado mirando la escena. No supo por cuánto tiempo. Prendió una lámpara de la sala y tomó el grueso directorio telefónico. Se sentó en un sofá al lado de Eugenia y buscó algo con el índice. Tomó el block de taquigrafía. Cambió la página y anotó un teléfono. Permaneció sentado por otro largo rato y tomó el aparato de teléfono para marcar el número apuntado en el block. Esta vez el día no había sido igual a los demás ni para Joel ni para Eugenia. Había tenido sus variaciones.

sábado, 15 de septiembre de 2007

Viva México en tres tonos. (En cuatro para ser exactos)





Este ciudadano en sus andanzas por la ciudad se topa con la sorpresa de que ya le cambiaron el 15 de septiembre. Desde hace ya varias semanas que me estaba preguntando qué será lo que representa "El Grito" y lo digo, así, genérico como es, cuando decimos que nos invitaron a dar "El Grito" a tal o cual parte. Inmediatamenet me imagino el balcón presidencial en los timpos antiguos (y eso es todavía hace dos años con Fox) con todo alineado y el presidente encabezando la ceremonia. La Primera Dama muy orgullosa de estar al lado de su exitosísimo marido y la Primera Familia haciendo acto de presencia. Hoy las cosas han cambiado para esta gente. Desde ayer me muero de la risa porque está todo mundo de los más preocupado porque quieren que haya tres gritos en el zócalo y esto vuelve a ser de esta tierra, el país de lo surreal. Tres gritos, el de Felipe, el de AMLO con la Sra. Rosario Ibarra de Piedra y el de Marcelo, pues él no se puede quedar atrás y no salir enla foto.



Yo también quería dar mi grito, así que me lancé a hacer mi investigación a ver quien me seguía y entonces ya habría cuatro gritos en el zócalo, pero dije mal. Todo el mundo está preocupado y no es así. Encontré varios casos, pero uno me pareció el más representativo de lo que la gente en general queremos, y me incluyo.



Para Erasmo Martínez "El Grito" ya es una tradición. Se prepara llegando al zócalo con su familia como a las 4 de la tarde para apartar su lugar. Llevan de comer algunos elotes, tamales, refrescos y hasta un par de banquitos para que se sienten sus tías y su mamá cuando se cansen. Los chmamacos traen sus trompetas y ya entrados en gastos como por ahi de las ocho de la noche, les compran sus matracas para antes de "El Grito". Algunos años hasta cuetes trajeron, pero ya es medio peligroso y no se consiguen tan fácil como antes y además ya están muy caros. Se empieza a juntar la gente y todos esperan pacientemente. Si alguien tiene que ir al baño o a comparar algo, entre todos se guardan el lugar y platican unos con otros y aveces hasta se ofrecen de lo traen. Algunos ya se conocen de años anteriores y sevuelven a encontrar pues lo que quieren es ir a dar "El Grito". Sí, a dar "El Grito", no a que le den el grito. A esta gente le importa muy poco si el grito lo da Andres Manuel, o esta señora muy canija y con muchos pantalones que aveces habla en la televisión, o lo da el presidente, que además de todo es un señor que lo cambian cada seis años. Esta es la independencia de México y si esta gente está enojada entre ellos, pues que se den de gritos, pero nosotros vamos a dar nuestro grito porque es nuestra fiesta. Lo que sí es que nos van a reventar los tímpanos con tantas bocinas que ponen.



Y ahi les cuento como se van a poner las cosas con su caprichito este de la Torre de Bicentenario, porque admás de todo, el tiempo sigue y sigue corriendo y no acaban de ponerse de acuerdo de si la ponen o no. Una torre de oficinas en una ciudad con superhábit de oficinas. ¿Quién dijo que lo que nos une es una torre? ¿Quién dijo que lo que representa los doscientos años de nuestra independencia es un titipuchal de oficinas y de estacionamientos? Pero como diría la Nana Goya, "Esa es otra historia". Hasta la próxima.



Firma, El ciudadano de a Pies

jueves, 19 de julio de 2007

Un Pretexto



Un Pretexto



Ahora un poema un poco azotado que no sé de quien es. De hecho es un fragmento y se lo oí a alguien y causó un gran impacto. No lo podré poner completo, pero pondré lo más impactante.

Ahi les va....... Ejem, ejem...

Podrás volver al vientre de tu madre
y el santo padre volver a bautizarte,
pero los besos que yo te dí,
no te los quita nadie.

Porque ahí, donde la muerte hurgue entre tus huesos,
tan sólo hallará mis besos.