viernes, 14 de noviembre de 2008

El Elefante Rosa (en la sala)



Hay cosas en nuestra casa y en nuestra vida que se convierten en parte del paisaje con el tiempo. Se asientan en el inventario general y entonces nos acostumbramos a ellas por muy complicadas, y disfuncionales que estas situaciones parezcan. Con el tiempo las dejamos de ver con un elemento de dolor y nuestro espíritu se anestesia y bloquea la verdadera situación. El tiempo también se encarga de cobrar esa ceguera involuntaria al hecho cuando nos enfrentamos a él y no hay olvido que valga. Así se levantó Joel esa mañana. Con una emoción totalmente adormecida y todos los años que arrastran esa no visión. Con el corazón casi congelado y con la mayor indiferencia entró a la sala con todo el día encima.

Llevaba ya muchos días retrasando cada vez más su hora de llegada a casa para no encontrarse con su madre alcoholizada. Por esos días Eugenia pasaba por una de esas rachas que le daba por tomar durante días; empezando desde la mañana con un jugo de naranja con vodka, para no oler tanto. A veces salía a la calle, pero más bien prefería tomar en el departamento. Durante esas rachas había algunos días en los que no se bañaba y apenas comía lo que encontrara en el refrigerador o en la despensa. Siempre eran cosas como atún con galletas, papas fritas, aceitunas y todo lo que sonara a botana, como si fuera una fiesta, pero sin el espíritu alegre.

Eugenia había heredado un departamento en un edificio antiguo de una tía que había muerto recientemente. El departamento tenía techos altos, duela, cenefas y candiles. Joel y Eugenia se instalaron en él dejando prácticamente todo como estaba. Los cuadros y las fotos de la tía con su esposo el día de su boda, los muebles viejos con la tapicería luida y desteñida, los libreros llenos de novelas pasadas de moda y polvorientas con el papel amarillento. Todo permanecía igual que como lo recordaba Eugenia de niña cuando visitaba este departamento, cincuenta años atrás. Todo permanecía igual, aunque más sucio, pues no se preocupaba mucho por esas cosas de la limpieza. El departamento tenía un olor a madera vieja y agria; a tapetes polvorientos, a encerrado y a humedad. Este barrio, que ochenta años atrás había sido muy lujoso y moderno, ahora tenía casas que podían estar o muy cuidadas o muy destruidas. Calles que tenían árboles enormes y gente de todo tipo; pero predominaban los viejos, que habían comprado desde entonces o bien habían heredado, igual que Eugenia. El cambio de casa le pareció una buena idea, pues sería como iniciar una nueva vida. Ya casi no frecuentaba a sus viejas amistades. Muchas de ellas le habían dejado de hablar y un cambio de aire les caería muy bien. Sobretodo a ella. Además pensaba que haría amistades con facilidad. Así que dejó su casa en una colonia baja y muy popular, para cambiarse a este barrio que era mucho más céntrico.

Eugenia era agradable de trato. Al mirarla se podía ver que había sido una mujer hermosa, a pesar de verse tan acabada a sus sesenta años. Tenía un aspecto algo descuidado. El pelo mal pintado lo llevaba mitad canas y mitad amarillo, pues el tinte que alguna vez había sido rubio, se había esfumado, tal como sus buenos años de diversión. Se podía ver que lo había pasado muy bien, pues sus ojos azules conservaban una mirada traviesa y una sonrisa adolescente. Platicaba con la gente con una voz muy ronca y profunda. No se sabía exactamente si era por fumar tanto, si se había desvelado la noche anterior o simplemente así era su voz. Siempre sostenía su cigarro con sus dedos largos y sus uñas un poco amarillentas sin esmalte; echaba la cabeza para atrás para sacar el humo y hablaba de cualquier cosa. Era como si estuviera en una fiesta o en un bar. A veces dejaba escapar una sonora carcajada ronca, profunda y enseñaba sus dientes. En ese momento se veía que le faltaba uno, pero como no era del frente, sino uno de los lados, no se notaba tanto, hasta que ella sonreía. Por lo general estas actitudes eran a las doce del día cuando estaba en la tlapalería, o en la cerrajería o en la tienda de abarrotes. A la gente del barrio le hacía gracia la nueva. Por el vecindario hacia todo tipo de amistades y platicaba con todo el mundo a la hora de más ajetreo en la calle, cuando todas las mujeres salían al mandado y a la tintorería. En la tienda cuando iba a comprar el pan y se fumaba un cigarro con alguna señora afuera de la panadería y hablaba de cualquier cosa. Se ganaba su confianza y les daba consejos de cómo ser con los hijos, con el marido para que aflojara más gasto. Ella, que había estado casada dos veces, se sentía con mucha autoridad para poder dar opiniones en cuestiones maritales y les decía “yo por ejemplo, con mi primer marido esto. Yo con mi segundo marido, lo otro”. Enseguida se abría con la gente y si ya ese día traía sus copitas encima, pues la platica se le daba más fácil. Les hacía confesiones un poco íntimas, a lo que las otras respondían con otra confesión y así se establecía la dinámica.

Se había hecho cercana de Rodolfo, un señor de unos sesenta y cinco años, viudo que se había mudado a una cuadra de su casa. Se lo encontraba en el parque paseando a su perro, en el súper, en el puesto de periódicos y por supuesto, en la vinatería. Cuando se encontraban como a la una de la tarde por algún quehacer doméstico, se saludaban con un efusivo y largo “Hola, ¿qué hay?” y como que no queriendo la cosa, acordaban ir al bar que estaba cerca. Entraban como dos chicos que estaban haciendo algo prohibido con sus bolsas de súper y la ropa limpia y embolsada de la tintorería y se sentaban en las pequeñas mesas del bar. Ponían sus bultos a un lado y ordenaban un aperitivo ya que era lo mejor para antes de la comida. Comida que nunca llegaba, pues terminaban a las siete de la noche después de haber bebido y discutido vehementemente cosas que ya ni se acordaban. Empezaban con un tema y opinaban sobre él o bromeaban y reían mucho. El otro día empezaron a discutir sobre la monarquía actual y si ésta era viable y de qué le servía a la gente y terminaron hablando de los animales en cautiverio. Los dos empleados del bar tenían que arreglárselas para repartirse el trabajo y llevar a cada uno a su casa, desarrollando una estrategia para lograr la manera podrían urdir un plan para depositar a cada uno en el interior de sus respectivos departamentos. Tarea nada fácil ya que tenían que buscar las llaves de cada uno y entrar para dejarlos en el primer sillón que encontraran disponible, poniendo a un lado sus bolsas de mandado y la ropa de la tintorería. Ya estaban un poco cansados de esa costumbre, pues ni Eugenia ni Rodolfo remuneraban este esfuerzo extra que no estaba dentro de sus funciones. Tan frecuente fue esta escena que un tiempo después a Rodolfo se lo llevaron sus hijos a una casa en donde “conviviría con más personas de su edad”, en donde le organizarían actividades, le prepararían la comida y de alguna otra forma controlarían sus salidas y a ver si de paso la bebida. Eugenia ya no lo volvió a ver.

Después de unos meses las cosas habían cambiado un poco en el barrio para Eugenia. Ya no era la novedad. Al no estar Rodolfo, Eugenia buscaba compañía de alguien con quien poder tomar sus aperitivos al bar, o que la invitaran a su casa. En una ocasión Rosa, una señora de un edificio de a la vuelta la invito a pasar. Cuando le ofreció algo, Eugenia pidió un jerez a las dos de la tarde y así siguió uno tras otro y no se quería ir. Llegaron los hijos de Rosa a comer y Eugenia ya estaba por el noveno jerez. Rosa la llevó a su casa con ayuda de su hijo de catorce años y no le volvió a hablar. Ya no había más confesiones que hacerle a la gente y todos ya la conocían. Cuando se la topaban, fingían que llevaban prisa para no detenerse a saludar. Ya no era tan atractivo salir toda la mañana para toparse con gente que la juzgaría. Mejor permanecer en su casa con sus gatos. Ahí tenía todo lo que necesitaba.

Ese día, cuando Joel llegó a casa, al abrir la puerta del departamento estaba casi oscuro. Escuchó la tele prendida. El resplandor azuloso de la pantalla apenas iluminaba la habitación. El olor a cigarro mezclado con la humedad de las alfombras, el polvo del departamento y el encierro. Ahí estaba su madre dormida ya. Borracha y desparramada en el sillón, con el olor de los viejos que tienen aliento a sarro, a su sudor, que nunca es igual que el sudor de los jóvenes. Ni cuando son limpios los viejos huelen igual que los jóvenes. También olía a alcohol y las colillas frías agriaban más el ambiente cargado por la densidad de la energía de la vieja por toda la casa. Joel recogió el vaso y la botella de vodka de la alfombra. Llevó las botellas vacías y olorosas a la cocina y las tiró en el bote de basura. Tiro cada una de las botellas y éstas hicieron el ruido infernal del vidrio estrellándose entre sí. El estruendo no la despertó. Cada rincón del departamento contaba una historia de todo lo que había hecho su madre en el día. En la cocina estaban las ollas con la comida. En la barra un plato grande sucio. La sala había sido el centro de todo. Ahí estaba el cenicero lleno de colillas, los paquetes de cigarros, muchos de ellos vacíos, una revista, un empaque de galletas saladas abierto. Un plato más, con restos de gelatina roja seca. En la mesa del comedor había una canasta de costura y una camisa. En el sillón donde ahora yacía dormida, roncando, una libreta de taquigrafía con unos teléfonos y un lápiz. En ese sillón tumbada, su cara de frente al respaldo. No se le podía ver, sólo se veía el pelo cano largo, con las puntas maltratadas y se notaba que hacía meses no se lo cortaba. El pelo estaba mal amarrado, enmarañado y despeinado. De pronto esa imagen parecía la de una anciana de noventa años. Eugenia no se percataría ni siquiera que Joel había llegado por la noche y que habría vuelto a salir por la mañana siguiente y se sentiría culpable de haber bebido y de no haberlo visto, como tantas otras veces. Como cuando niño, que se quedaba sin ir a la escuela porque ella no se podía levantar a llevarlo. Ni a darle de desayunar. Así sería ahora otra vez. Sin sorpresa y sin decepción, Joel se fue a su habitación en silencio y dejo la tele como estaba, con el volumen bajo. El paquete de galletas, los platos, la costura. Todo lo dejó tal cual y se sintió como un intruso en la casa de una desconocida; como si fuera alguien que invade un espacio muy personal. Le pareció un sueño. Se percató que en la tele encendida, con un volumen bajo, se transmitía una película antigua, en blanco y negro. El cuarto en oscuridad y él allanado la propiedad privada. Entrando en silencio para no despertar al habitante; aquella mujer extraña. Un sueño extraño y doloroso, pero tantas veces soñado antes. Cerró la puerta de su habitación y se desvistió en silencio y recapituló el día empezando por esta escena. Vio su día y cayó en cuenta que no había pasado nada extraordinario. Si le contaba a alguien esta escena sobre su madre, para todos esa sería lo extraordinario del día. Para él no lo era. Se acostó y siguió pensando en querer huir a algún otro lado en donde pudiera estar mejor. Apagó la luz y se quedó dormido.

Soñó muchas cosas. Con maletas, con estaciones de trenes. Con amigos y algunas caras conocidas en una fiesta. Soñó que se resbalaba y empezó a caer y se sobresaltó y despertó. Con un suspiro profundo se dio cuenta que ya había amanecido y era la hora de levantarse. Abrió la puerta de su habitación y miró como la luz de la mañana iluminaba la sala. Eugenia no se movió. “Seguro que habría bebido más de lo usual esta vez”, pensó. Pero así era, cada vez bebía más y más seguido. La tele seguía prendida y el olor a agrio permanecía y prevalecía de todos los demás olores del departamento. Le pareció que se movía un poco con el ruido de la puerta. Joel se quedó mirándola. Nada había cambiado durante la noche. Eugenia se había quedado dormida vestida. Se veía muy vieja.

Joel tomó su saco y salió de la habitación para volver a la rutina de la semana. El trabajo, la hora de la comida, el regreso, los papeles habituales y la salida. todo para volver a casa igual que siempre, para comprar algo de pan en la panadería para cenar. Tal vez hoy Eugenia no estaría bebida, y podrían platicar de algo. Tal vez el cenaría solo, en silencio, mientras Eugenia miraría la tele sobria por única vez en la semana y fumaría y reiría de lo que mira en la pantalla. Al día siguiente volvería a una nueva racha de cuatro o cinco o veinte días. Y así eternamente.

Así llegó Joel a casa después del trabajo, esperando ver lo que el azar le depararía. Sobria o ebria. Dormida o despierta o tal vez no estaría. Abrió la puerta en silencio, sigiloso sin saber que encontraría. Esperando siempre esa sorpresa de las infinitas posibilidades que su madre guardaba. Sin saber cuál sería la caracterización de esta mujer esa noche. Recordó entonces su niñez, cuando jugaban juntos y después como se enojaba. O cuando lo tenía bajo una mirada crítica, inquisitiva, exigente y lo acosaba y le exigía silencio. Que se comportara, que no dijera tonterías. Otros días casi ni lo miraba, era laxa, flexible, comprensiva, pero nunca muy paciente. Se iba a la calle todo el día, mientras él pasaba horas a veces sin comer, extrañándola. Cuando Eugenia llegaba, Joel la recibía en silencio, siempre esperando la sorpresa de sus exabruptos. La miraba y no le era fácil predecirla, Si lo miraba, él se quedaba quieto a esperar. Si sonreía, Joel sabía que podía acercársele. Si no, tendría que pensar en otra cosa o alejarse para no irritarla. Aprendió la cautela. Aún cuando sonreía tenía que seguir observando para ver si esa sonrisa era de ironía y vendría el reclamo, porque no había hecho la tarea o no había recogido la casa, un plato un juguete. O tal vez esa sonrisa era de culpa por llegar tarde y en cualquier estado inconveniente. O sólo sería una sonrisa y ya. Eugenia se acostaría a dormir para al día siguiente no recordar nada.

Joel abrió la puerta. El departamento oscuro, con el resplandor azuloso de la tele una vez más, con ese olor de ayer y de todos los días de los cuartos sin ventilar. Cargado el ambiente. Agrio, más concentrado. Su madre en el sillón tirada con el pelo enmarañado y sucio, con la misma ropa de ayer y de en la mañana, en la misma posición, con todos los elementos del cuadro, los platos, la costura, el block, los vasos. igual que ayer. Joel se quedó parado mirándola en silencio, sin moverse él; sin moverse ella. Así permaneció por un momento. Sólo se oía las voces de la tele. Un programa de concurso. Aplausos. Una entrevista a una rubia. Joel siguió parado mirando la escena. No supo por cuánto tiempo. Prendió una lámpara de la sala y tomó el grueso directorio telefónico. Se sentó en un sofá al lado de Eugenia y buscó algo con el índice. Tomó el block de taquigrafía. Cambió la página y anotó un teléfono. Permaneció sentado por otro largo rato y tomó el aparato de teléfono para marcar el número apuntado en el block. Esta vez el día no había sido igual a los demás ni para Joel ni para Eugenia. Había tenido sus variaciones.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

que gusto leerte... siempre las casas y el polvo suspendido, je je. que siga así el 2009, con nuevos cuentos y más!!!

cariños ciudadano

dana

Anónimo dijo...

Dana. Que gusto encontrar un amigo en este desierto. Gracias

El ciudadano de pie(s)